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domingo, 27 de septiembre de 2026 · Anderson Valente

Otro mejor que tú: la advertencia de la vida de Saúl

"Entonces Samuel le dijo: Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú. Además, el que es la Gloria de Israel no mentirá, ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta."
1 Samuel 15:28-29

Hay historias en la Biblia que nos inspiran por cómo terminan, y otras que nos advierten precisamente por lo mismo. La vida de Saúl, el primer rey de Israel, pertenece a estas últimas. Fue llamado por Dios cuando Israel nunca había tenido rey, recibió un privilegio inmenso y lo desperdició por su obstinación en desobedecer el orden establecido por Dios.

En su historia aprendemos sobre la misericordia y la justicia divina. Dios es soberano: nos concede el privilegio de participar en la obra que Él hace, pero la gloria siempre será suya, y nunca la compartirá con nosotros.

Un pueblo que rechazó a Dios como Rey

Las naciones vecinas tenían rey, e Israel ya no se conformaba con tener a Dios reinando sobre ellos. Habían visto cómo Él los protegía de sus enemigos y proveía para cada necesidad, pero aun así prefirieron tener a un hombre al frente.

Cuando los ancianos pidieron a Samuel un rey "como tienen todas las naciones", el profeta se entristeció y oró. La respuesta de Dios fue reveladora:

"Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos." (1 Samuel 8:7)

¿Cuántas veces actuamos nosotros de la misma manera? Neciamente, le pedimos a Dios que no gobierne sobre nuestras vidas, porque queremos parecernos a los que nos rodean.

Un joven insignificante, elegido por misericordia

Aun en medio de la terquedad de su pueblo, Dios mostró su misericordia, esa que, como dice Lamentaciones 3:22-23, se renueva cada mañana.

Saúl era hijo de Cis, de la tribu de Benjamín. No pertenecía a la nobleza ni tenía nada que lo distinguiera de los demás, salvo su estatura y su buen aspecto. Habría pasado desapercibido entre la multitud, pero Dios puso sus ojos en él. El propio Saúl era consciente de su pequeñez:

"¿No soy yo hijo de Benjamín, de la más pequeña de las tribus de Israel? Y mi familia ¿no es la más pequeña de todas las familias de la tribu de Benjamín?" (1 Samuel 9:21)

Mientras buscaba unas asnas perdidas, Saúl encontró su destino. Samuel lo ungió con aceite como príncipe sobre el pueblo de Dios y le anunció las señales que confirmarían su llamado.

Transformado por el Espíritu de Dios

Cuando Dios nos llama a un ministerio, también nos prepara para desempeñarlo como es debido. Así lo prometió Samuel:

"Entonces el Espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder, y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre." (1 Samuel 10:6)

Y así sucedió. El Espíritu de Dios vino sobre Saúl y profetizó entre los profetas, hasta el punto de que quienes lo conocían se preguntaban asombrados: "¿También Saúl entre los profetas?"

Escondido entre el equipaje

Aun habiendo recibido el Espíritu de Dios y viendo cumplirse cada señal, Saúl no confiaba en sus propias fuerzas. El día en que el pueblo se reunió en Mizpa para proclamarlo rey, nadie lo encontraba. Dios mismo reveló dónde estaba: "He aquí que él está escondido entre el bagaje" (1 Samuel 10:22).

A veces nuestro llamado también nos asusta y queremos huir de lo que Dios nos ha confiado. Pero Saúl fue traído al medio del pueblo, y todos clamaron con alegría: "¡Viva el rey!"

La insensatez de Saúl

El joven que empezó escondiéndose por humildad terminó ocupando un lugar que no le correspondía.

En Gilgal, rodeado por los filisteos y viendo cómo el pueblo lo abandonaba, Saúl no esperó a Samuel y ofreció él mismo el holocausto, una función que no le pertenecía. La respuesta del profeta fue contundente:

"Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre." (1 Samuel 13:13)

Más tarde, Dios le ordenó destruir por completo a Amalec. Saúl obedeció a medias: perdonó al rey Agag y lo mejor del ganado, con la excusa de ofrecerlo en sacrificio. Y cuando Samuel lo confrontó, Saúl insistía en que había cumplido la palabra de Jehová, mientras se oía el balido de las ovejas que no debían estar allí.

Entonces Samuel pronunció una de las verdades más solemnes de las Escrituras:

"Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación." (1 Samuel 15:22-23)

Saúl reconoció su pecado, pero su confesión revela dónde estaba su corazón: "temí al pueblo y consentí a la voz de ellos". Y aun después de ser desechado, lo que más le preocupaba era ser honrado delante de los ancianos y del pueblo.

Cuando Samuel se dio la vuelta para irse, Saúl se aferró a su manto y este se rasgó. Así, dijo el profeta, Dios había rasgado de él el reino para dárselo a otro mejor que él.

Conclusión: un final triste para quien fue llamado a un final feliz

La vida de Saúl nos muestra la decadencia de alguien que empezó sin confiar en sus propias fuerzas y terminó menospreciando el orden establecido por Dios:

  • Fue elegido para un propósito glorioso y acabó desechado por Dios.
  • En su obstinación, atrajo la destrucción sobre su vida, su reinado y su familia.
  • Pudo haber escrito una historia brillante, y terminó lanzándose sobre su propia espada (1 Samuel 31:4).
  • El mismo hombre que, lleno del Espíritu de Dios, profetizaba entre los profetas, terminó atormentado por un espíritu malo (1 Samuel 16:14).

La obstinación nos lleva a la destrucción: corrompe nuestro carácter, nos aleja de Dios y nos hace rechazar su gloria.

Que Dios nos libre cada día de tomar decisiones equivocadas, y nos dé un corazón que prefiera obedecer antes que ofrecer sacrificios.