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Iglesia Paz y Vida
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domingo, 13 de septiembre de 2026 · Anderson Valente

Mi vida pondré por ti.

"Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti. Jesús le respondió: ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces."
Juan 13:37-38

Aquella noche, en el aposento alto, los discípulos tenían mucho que procesar. Jesús les había lavado los pies, les había hablado sobre el servicio, la entrega y el amor al prójimo, pero no lograban asimilar del todo lo que estaban viviendo.

El Maestro parecía decir cosas que no terminaban de entender. Y, sin embargo, Él mismo les explicó por qué hablaba así: "Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis" (Juan 13:19).

Jesús habla de la gloria del Padre

"Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él." (Juan 13:31)

Desde el primer capítulo de su evangelio, Juan nos recuerda quién es Jesús: el Verbo, la Palabra que estaba en el principio y por medio de quien todas las cosas fueron hechas. Él mismo lo afirmó: "Antes que Abraham fuese, yo soy" (Juan 8:58).

Este Señor eterno, que se despojó de su gloria y habitó en un cuerpo humano, estaba a punto de culminar su ministerio terrenal. Pronto oraría al Padre para volver a recibir la gloria que tenía desde la eternidad (Juan 17:5). Se acercaba el momento de la separación física entre el Señor y sus discípulos.

Una afirmación que no supieron discernir

Jesús les dijo que le buscarían, pero que a donde Él iba no podían seguirle. Pedro, quizás el más expresivo e impulsivo de los discípulos, no pudo quedarse callado:

"Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después." (Juan 13:36)

En su impulso, Pedro afirmó que estaba dispuesto a dar su vida por Cristo. Demostró valentía, lealtad y mucha confianza en sí mismo. Pero no se había dado cuenta de que lo que estaba ocurriendo era una batalla espiritual, no física: una guerra contra el reino de las tinieblas, en la que Cristo estaba a punto de vencer al pecado y a la muerte.

"¿Tu vida pondrás por mí?"

¿Cuántas veces actuamos nosotros como Pedro? Nos declaramos dispuestos a darlo todo por el Señor, a luchar por su reino y por lo eterno, confiando en nuestra propia fuerza y destreza. Pero somos seres frágiles y falibles, y en la primera dificultad flaqueamos.

La escena es tan importante que los cuatro evangelios la relatan. Lucas añade un detalle conmovedor:

"Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos." (Lucas 22:31-32)

Mateo y Marcos cuentan que Pedro insistió: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré" (Mateo 26:33). Y todos los discípulos dijeron lo mismo.

Este episodio no quedó escrito para humillar a Pedro ante la iglesia y las generaciones futuras. Quedó escrito para que aprendamos que nuestra fe no puede estar en nuestra fuerza, sino en el Señor.

La Roca y la piedra

Pedro fue el discípulo a quien el Padre reveló quién era Jesús. Cuando el Señor preguntó "¿Quién decís que soy yo?", Pedro respondió al instante: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo" (Mateo 16:16). Y Jesús afirmó que sobre esa confesión edificaría su iglesia, y que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella. No era sobre Pedro, sino sobre esa fe.

Pero aquella noche, Pedro puso su fe en sí mismo, en su valentía y en su determinación. Y esa fe se apagó en cuanto llegó el fuego de la prueba.

Una fe inquebrantable

El mismo Pedro, años después, escribiría sobre una fe muy distinta:

"Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo." (1 Pedro 1:7)

Ya no hablaba de una fe basada en su fuerza, sino de creyentes "guardados por el poder de Dios mediante la fe" (1 Pedro 1:5).

Conclusión: del fuego de la negación al fuego de la restauración

Pedro, en el momento de su mayor fuerza, dijo que iría con Cristo hasta la muerte. Pero esa misma noche, sentado junto al fuego en el patio del sumo sacerdote, le negó tres veces:

"Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente." (Lucas 22:61-62)

Allí aprendió que la fe debe estar puesta en la Roca, que es Cristo, y no en la piedra que era Pedro. Desanimado, volvió a su antiguo oficio y se fue a pescar (Juan 21:3). Pero el mismo Señor que al principio le había llamado a ser pescador de hombres no le dejó ahí.

Jesús resucitado le esperaba en la orilla, al amanecer, junto a un fuego de brasas: el mismo escenario donde Pedro le había negado. Y allí, por tres veces, le preguntó: "¿Me amas?"

A Pedro le dolió aquella tercera pregunta. Pero si le había negado tres veces, necesitaba esta reconciliación. Con cada respuesta, Jesús le devolvía su llamado:

  • "Apacienta mis corderos."
  • "Pastorea mis ovejas."
  • "Apacienta mis ovejas."

Jesús le anunció también que un día le seguiría hasta la muerte (Juan 21:18-19). Y así fue: esta vez, la fe de Pedro fue inquebrantable, porque había aprendido que no se trataba de su fuerza, sino de la gracia del Señor.

Aquel Pedro que había negado a Jesús, cuando vino el Espíritu Santo, se levantó con autoridad y poder para predicar el arrepentimiento y la fe en Cristo, y unas tres mil personas se entregaron al Señor ese mismo día (Hechos 2:41).

Que tú y yo pongamos nuestras vidas en las manos del Señor cada día. Porque Él sí puso su vida por nosotros.