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domingo, 6 de septiembre de 2026 · Anderson

La dificultad nos empuja hacia el propósito | Estudio de Hechos 8

"Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él. Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel. Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio. Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo."
Hechos 8:1-5

Todos sabemos que, tras la muerte de Cristo, la obra que Él había comenzado fue perseguida. Poco después de su ascensión, la iglesia empezó a crecer tanto que los apóstoles tuvieron que organizarse mejor: la obra necesitaba más obreros.

Por eso eligieron a siete diáconos para encargarse del reparto de alimentos y de la atención a las viudas, mientras ellos se dedicaban por completo a la oración y a la predicación de la Palabra (Hechos 6:1-7).

Poco después, Esteban, uno de aquellos diáconos, fue acusado injustamente, juzgado y apedreado. Con su muerte comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y en ella meditaremos hoy.

La comunión

La iglesia primitiva vivió un tiempo hermoso. Algunos vendían sus propiedades y ponían el dinero a los pies de los apóstoles, para que nadie pasara necesidad (Hechos 4:34-35).

"Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos." (Hechos 2:46-47)

Aquella comunión podría haberles llevado a acomodarse: a quedarse tranquilos en Jerusalén, funcionando como un club social, un lugar de paz y sosiego.

Pero no era eso lo que el Señor les había mandado. Aquella etapa fue necesaria durante un tiempo, para que fueran enseñados en la Palabra y estuvieran preparados para salir, en el momento oportuno, a propagar el evangelio allí donde fuesen llevados.

La persecución

Antes de ascender, Jesús había mandado a los discípulos que no se fueran de Jerusalén hasta recibir el Espíritu Santo. Entonces serían sus testigos "en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra" (Hechos 1:8).

Tras la venida del Espíritu Santo, Pedro comenzó a predicar con autoridad, llamando al arrepentimiento, y la iglesia creció rápidamente. Pero la iglesia seguía en Jerusalén.

Entonces llegó la persecución, y con ella, un joven llamado Saulo. No solo había consentido en la muerte de Esteban, sino que se convirtió en el perseguidor más implacable:

"Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén." (Hechos 9:1-2)

Usando toda su influencia religiosa y política, Saulo buscaba a los seguidores de Cristo para encarcelarlos. Los hermanos tuvieron que huir de Jerusalén, pero la persecución no pudo quitarles la convicción de su fe. Allí donde llegaban, anunciaban las buenas nuevas de salvación.

El propósito

Cuando miramos cómo obra nuestro Dios, entendemos que nada ocurre por casualidad. La iglesia, que no terminaba de salir de Jerusalén, fue esparcida por pueblos, ciudades y aldeas. Los creyentes buscaban esconderse donde no pudieran encontrarlos, pero no se quedaron solo en Judea: pasaron por Samaria y salieron incluso de los límites de su nación.

"Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía… Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor." (Hechos 11:19, 21)

Lo que parecía una derrota se convirtió en el cumplimiento exacto de las palabras de Jesús. Y al recorrer el libro de los Hechos, descubrimos que en cada región siempre había alguien anunciando la salvación. En Éfeso, por ejemplo, encontramos a Priscila y Aquila, que no dudaron en instruir a un predicador elocuente llamado Apolos:

"Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras… Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios." (Hechos 18:24, 26)

Después, Apolos fue a Acaya y "fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído" (Hechos 18:27).

Lo que aprendemos

La Palabra de Dios nos enseña que la comodidad nos lleva a la estabilidad, y la estabilidad termina llevándonos a desconectar y a buscar solo nuestro descanso.

Pero hemos sido llamados a una nueva ciudadanía: somos ciudadanos del cielo (Filipenses 3:20). No podemos vivir como si fuéramos a quedarnos aquí para siempre, sabiendo que cada persona a nuestro alrededor tiene un alma eterna que necesita un Salvador.

Jesús mandó a sus discípulos: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura" (Marcos 16:15). Pero desde el salón de casa o desde la comodidad de la congregación, era imposible llevar esa oportunidad gloriosa a todos los que la necesitaban.

Por eso, cuando el enemigo pensó que el miedo paralizaría a la iglesia y que matando a los creyentes acabaría con la obra de Dios, se equivocó. La persecución hizo que la Palabra del Señor llegara hasta cada uno de nosotros hoy.

Conclusión

Hoy, en muchos lugares, la iglesia disfruta de cierta tranquilidad. Tenemos libertad para reunirnos y vemos muchos templos y grandes congregaciones, pero también mucha apostasía y religiosidad.

Es precisamente donde la iglesia es perseguida donde más vemos crecer la fe, la entrega y la devoción. Tal vez los vientos de la dificultad sean los que vuelven a encender la llama del amor por Dios, y nos recuerdan que somos forasteros en este mundo, llamados a anunciar por donde pasemos que Cristo salva, redime y lleva al cielo.

Que el Señor avive su obra en nuestras vidas y nos ayude a cumplir el propósito para el cual fuimos llamados.