domingo, 4 de octubre de 2026 · Diácono Carmelo Pérez
Conozcamos a nuestro Rey: ¿quién es Jesús? | Estudio de Juan 18:33-36
``` Tema: El Reino
Juan 18:33-36 "Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí."
INTRODUCCIÓN
Un reino es un territorio gobernado por un rey. A lo largo de la historia de la humanidad, algunos reinos han sido más relevantes que otros y algunos más duraderos, pero todos tienen algo en común: han sido reinos perecederos. Incluso el más largo, que mantuvo la continuidad de un gobierno a otro durante cerca de 3000 años, terminó desapareciendo.
Esto nos lleva a lo que realmente nos interesa en nuestra vida espiritual: comparar esos reinos con el reino de los cielos, el reino de Dios. En el mensaje que compartimos durante nuestra jornada de 24 horas de oración, meditamos en sus características, y hoy damos el siguiente paso: conocer a su Rey.
EL REINO DE DIOS
Vimos que el reino de Dios:
- Es espiritual, porque Dios es espíritu, y es reconocido por quienes están cerca de Él.
- Es esperanzador, porque ofrece justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.
- Nos renueva cuando permitimos que Dios, a través de la persona de Jesucristo, venga a habitar en nuestro corazón.
- Es eterno e inconmovible.
- Es de libre elección: en nosotros está la decisión de pertenecer o no al reino, es decir, de traer el reino de Dios a nuestra vida.
También vimos lo opuesto al reino de Dios, con tres señales de riesgo para nosotros: buscar desmedidamente el poder para ejercer dominio sobre los demás, el egocentrismo y la autosuficiencia.
¿QUIÉN ES EL REY DE ESTE REINO?
Hoy tenemos el honor de presentarles al Rey del reino de los cielos. ¿Quién es este Rey? Su nombre es Jesús: el Rey Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios.
Hagamos un ejercicio. Imaginemos que una persona llega por primera vez a nuestra congregación, o que alguien con mucho conocimiento de la Palabra se sienta a nuestro lado y nos pregunta: ¿a quién predican en este lugar? Respondemos que a Jesucristo, y entonces llega la pregunta clave: ¿quién es Jesús? Podrían hacerla también a quienes sirven en el ministerio de bienvenida. ¿Qué responderíamos?
Si me preguntan quién es Jesús, diría que es alguien muy importante en mi vida:
- Su nacimiento fue profetizado más de 700 años antes de que ocurriera.
- Fue concebido por el Espíritu Santo.
- Nació de una virgen.
- Estuvo presente en la creación del mundo: todas las cosas por Él fueron hechas (Juan 1:1-3).
- Recibió varios nombres que lo identifican: Admirable Consejero, Dios fuerte, Príncipe de paz, Salvador, Rey de reyes, Emmanuel.
Esa respuesta podríamos darla a alguien que está conociendo al Señor, y a cada nombre le corresponde un momento de las Escrituras en el que Jesús fue reconocido así.
¿QUIÉN ES EL JESÚS QUE ME SALVÓ?
Después de haber sido salvados, surge una pregunta más personal: ¿quién es el Jesús que me salvó? Las Escrituras y nuestra propia experiencia nos dan respuestas:
- Jesús es Dios: vino a este mundo en humanidad, pero nunca dejó de ser Dios.
- Fue sin pecado para mostrarnos el modelo de una vida sin pecado.
- Fue sin pecado porque era la única forma de ser aceptado por Dios Padre como ofrenda de sacrificio: pura, limpia y sin mancha.
Algunas personas, de distintas doctrinas, hablan de Jesucristo como si fuese una persona común. Él se hizo carne, se hizo humano, para estar entre nosotros y enseñarnos un patrón de vida. Pero, a diferencia de toda la humanidad, no tenía pecado, porque era el Hijo de Dios: hombre y Dios.
¿POR QUÉ HIZO JESÚS POR MÍ ALGO QUE NO PEDÍ NI MERECÍA?
Algunas personas, tratando de quitarse la culpa, dicen: "Yo no le pedí que se colgara en el madero por mí". Es la respuesta de alguien que no quiere compromiso ni agradecimiento hacia el Señor. Pero cuando llegue el momento de la angustia, el momento final, esa misma persona recurrirá a la salvación que hay en Jesucristo, y entonces no dirá que no se la pidió.
Tampoco merecíamos esa salvación, porque no hemos hecho nada para merecerla. La recibimos porque aquí brota la principal cualidad de Dios: el amor. El amor movió a nuestro Dios, a través de la persona de nuestro Señor Jesucristo, a tener misericordia de nosotros. Allí comenzó el evento más grande para la humanidad: la redención, a través de nuestro Rey y Salvador.
Jesús, el Cristo, está sentado a la diestra del Padre, pero como Dios también es omnipresente, y por eso habita en el corazón de los que se convierten a Él. Cuando decimos "venga tu reino", estamos trayendo a nuestro Rey a habitar en nuestro corazón.
CÓMO SE DEFINIÓ JESÚS A SÍ MISMO
Ya vimos quién es Jesús para nosotros. ¿Cómo se definió Él en las Escrituras? Una de las formas la encontramos en Juan 14:6.
Juan 14:6 "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí."
El Señor Jesús vino como Dios a habitar entre los hombres, para mostrar los sentimientos de Dios hacia ellos.
¿CÓMO RESPONDEMOS A SU GRACIA?
Nos ha dado su gracia, un favor inmerecido. ¿Cómo debemos agradecérselo? Les dejo tres claves:
1. Confiarle nuestra salvación. No hay otro medio por el cual el hombre pueda ser salvo sino en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
2. Reconocerlo y rendirnos a Él como Señor. La palabra "señor" significa dueño absoluto. Si reconocemos que Él es nuestro Señor, reconocemos que le pertenecemos, que somos de su redil, y Él defenderá a capa y espada a sus pequeños.
3. Servirle con fidelidad y compartir con los demás lo que conocemos de nuestro Señor, es decir, testificar de Jesucristo y de sus maravillas.
EL CAMINO DEL REY HACIA LA CORONA
Hemos presentado a nuestro Rey: lo que pensamos de Él, lo que vemos en las Escrituras, lo que dicen nuestros testimonios de vida y cómo Él mismo se definió en su Palabra. Pero para que un hombre llegue a ser rey y pueda heredar, antes debe haber un protocolo. Volvamos a nuestro texto base, Juan 18:33-36.
Aquí vemos los sufrimientos de nuestro Señor Jesucristo, todo lo que debió padecer antes de ser coronado como Rey, es decir, antes de ser reconocido como rey por los hombres. Aunque su pueblo, el escogido de Dios, no lo reconoció como tal, los hombres, sin darse cuenta, ya lo reconocían.
- Le pusieron una corona de espinas y fue abofeteado (Juan 19:2-3).
- Fue azotado (Marcos 15:15).
- Fue golpeado en la cabeza con una caña, le escupieron y lo desvistieron (Marcos 15:19-20).
- Finalmente fue crucificado (Marcos 15:25): grandes clavos atravesaron sus manos y sus pies (Juan 20:25).
Los evangelistas Marcos y Juan hacen anotaciones distintas, pero no se contradicen: cada uno marca una diferencia, permitida por el Espíritu Santo al escribirse las Sagradas Escrituras. El evangelio de Juan fue escrito hacia el año 90 d.C., dirigido a los creyentes de Judea y a los que habitaban en tierra de los gentiles. Los padecimientos del Señor que allí se relatan mostraban a los creyentes que Aquel a quien habían rechazado les había dado la oportunidad de arrepentirse y creer que Dios lo había enviado como su Hijo, como el Mesías, el Salvador y el Redentor de su pueblo.
El evangelio de Marcos fue escrito hacia el año 70 d.C., dirigido a los gentiles, es decir, a todos nosotros, pero especialmente, en aquella época, a los que estaban en Roma.
Querido hermano, querida hermana: todos los que estamos aquí sabemos el costo de nuestra salvación. Tenemos un Rey y Salvador que puso su vida en rescate por la nuestra, que fue llevado ante los tribunales de los hombres y padeció todo lo que padeció por ti y por mí. Eso merece reconocimiento y agradecimiento, y hoy tenemos la oportunidad de rendir nuestra fidelidad a nuestro Señor Jesucristo, quien lo ha dado todo por nosotros siendo Dios. ¿Quién era yo, quién eras tú, para merecer tanto?
CONCLUSIÓN
Un día veremos al Señor Jesucristo, quien murió en la cruz por mí y por ti. Por eso, cada día debemos aprender más acerca de nuestro Señor, para tratar de entender cuán grande es el amor que siente por nosotros: perdonó mi pecado y tu pecado, cambió el rumbo desenfrenado que llevaba hacia nuestra perdición y nos ha dado su salvación. Amén. ```